La mitad de mi biblioteca está armada con libros comprados en parques, librerías de viejo y de saldo. Y no estoy seguro de que no sea la mejor mitad. Ningún bibliómano se recupera jamás de la adicción de revisar viejos ejemplares, mancharse los dedos y llenarse de polvo y ácaros a la espera de la súbita aparición de un libro deseado desde siempre o, sencillamente, de uno inesperado (dicho sea de paso: yo que usted dejo de leer esta nota ahora mismo y salgo corriendo a comprar uno de los mejores libros de cuentos publicados en los últimos años, La hora de los monos, de Federico Falco, en oferta a cuarenta pesos). [...]
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